Algunos autores cuentan que la inspiración surge en pequeños chispazos, en momentos mínimos que provocan un gran flash, que crean una idea. Ayer, mientras miraba las estadísticas de los partidos de Euroliga, televisaban el partido entre Real Madrid y Villarreal. Ciertamente, no le prestaba casi ninguna atención al partido, salvo cuando mi padre decía aquello de "que poco ha faltado" o "eso es falta". En uno de esos lances del maravilloso deporte que es el fútbol (nótese aquí la ironía), un jugador del Real Madrid comete falta - no sé si será falta o no, pero al sancionarla el árbitro queda constancia de que es -. Esta falta provoca, directa o indirectamente, el gol del Villarreal que suponía el empate en el marcador. A partir de ahí, aunque pudiera ser que viniese de antes, surgen una enorme serie de despropósitos extradeportivos: expulsiones, faltas antideportivas, insultos, confrontación con la grada, etc. Algo indigno, no como decía el "periodista" de turno para el Real Madrid (la historia es sólo pasado, el ahora es la realidad) por ser el club que era, sino para cualquier club deportivo. Sea fútbol, baloncesto, balonmano, tenis de mesa o hockey sobre hierba. Y esto fue mi pequeño flash anoche del que surge todo lo que sigue.
Probablemente, en los tres últimos deportes mencionados, de menor repercusión social a escala mundial, no se note tanto lo que voy a escribir a continuación, pero en los dos primeros, baloncesto y fútbol, es sangrante. La pregunta que da título a esta entrada es "¿Hasta dónde el deporte es deporte?". Es decir, ¿hasta dónde aquello que queremos transmitir a los niños y jóvenes, los valores del deporte, se prorroga más allá de las categorías de formación? ¿Dónde está la, cada vez más delgada, línea que separa el negocio de la afición deportiva de carácter educativo? Lo cierto, es que esa delgada línea está cada vez más cerca de las categorías de formación. Esto se debe, bajo mi punto de vista, a dos motivos:
- El ejemplo dado a los niños y jóvenes, a escala mundial, no es de un deporte que promulgue los valores que a ellos se les intenta transmitir. Cristiano Ronaldo o Kobe Bryant, por poner dos grandes ejemplos, al margen de ser deportistas de una talla intachable, no son los grandes ejemplos de deportividad. Es cierto que aquello del "american dream", del salir de la pobreza y el ghetto a través de la superación está cumplido en ambos ejemplos. Pero más allá de esto, ¿qué? Los comentarios fuera de tono, el escaso compañerismo, el egoísmo más absoluto, etc. Esto, que no debería ser modelo para los más jóvenes, es ejemplo de vida y, en ocasiones, digno de admiración e imitación. Entiendo que aquello que los estadounidenses llaman showbusiness esté a la orden del día en otros ámbitos, ¿pero en el deporte también? Es demasiado triste que en televisión, Internet, prensa deportiva y otros medios de comunicación haya más imágenes del insulto o la falta antideportiva que del gesto técnico o la precisión táctica. Y lo peor es que estos jóvenes, a los que se les intentan educar desde los valores del deporte, absorben toda esa información como modélica, llevándola a la práctica en su particular universo deportivo. Terminando este punto, dejo una última pregunta en el aire: al margen de la ética del deporte, ¿se está desintegrando también la ética del periodismo?
- Este segundo punto, quizás, sea incluso más importante que el primero. Versa sobre el entrenador, sobre el formador, sobre, a fin de cuentas, el educador. ¿Hasta qué punto se respetan los valores del deporte?, ¿hasta dónde el ansía por la victoria soslaya los valores del deporte? La respuesta, para muchos entrenadores de formación, sería clara y concisa: lo primero son los valores. Pero, ¿quiénes de ellos aplican la teoría a la práctica? En estos años como entrenador, y antes como jugador de categorías de formación, he visto y he escuchado verdaderas historias de terror tales como intentar lesionar a un jugador rival para que no desequilibrara el partido en favor de su equipo. Es trágico ver como el resultadismo, esa enfermedad cada vez más extendida en el mundo del deporte, se impone a la deportividad y sus principios éticos, y como, ante todo, se instaura en el deporte más puro que puede existir: el de los niños.
Y en este lugar es donde confluyen ambos puntos anteriormente explicados. Comprendo que al más alto nivel, léase Liga BBVA o NBA, por ejemplo, se dé el resultadismo debido al alto coste, principalmente económico, de las derrotas y las victorias. Pero no entiendo como ese deporte de alto rendimiento permite esquivar tan vorazmente los principios deportivos - como la justicia, el respeto, la honestidad, el juego limpio o la humildad - hasta el punto de olvidarlos, a cambio de un ingreso extra de dinero como el que procede de las emisiones televisivas o las apuestas deportivas. Porque, no se mientan, el deporte no ingresaría tanto dinero sin el punto de violencia y actitudes denigrantes de los últimos años. Pero esto ya no es sólo una crítica a la organización de estas ligas deportivas, que permiten violar estos principios, sino también a los participantes mismos de ellas, los propios deportistas, máximos cómplices del show. Algunos, más allá del circo en el que participan y que atraen a los más lerdos, dan verdadera lástima con sus actitudes, pues es difícil asimilar como un gran talento ha caído en la perdición del negocio. La lástima es que estos deportes son el máximo ejemplo de los más pequeños, el camino de las estrellas es el que quieren seguir los jóvenes deportistas e imitan de ellos hasta la última expresión facial, pasando por la vestimenta y el peinado.
La pregunta, ahora, cambia de tercio: ¿cómo podemos solucionar este problema?, ¿cómo podemos ampliar esa delgada línea que separa el negocio, según lo visto antieducativo, del deporte? Lo cierto es que evitar que los niños vean, por ejemplo, los programas de televisión que ensalzan o persiguen a ciertos impresentables es imposible. Pero, ¿por qué no encauzarlos, especialmente los padres, hacia la observación de otros deportistas que si respeten aquello que queremos transmitir con el deporte? ¿Por qué no poner nuestros ojos en Xabi Alonso o en Kevin Love?, ¿por qué no fijarnos en Eric Abidal o en Steve Nash? Quizás, una de las claves se instaure ahí. En ser capaces de que los más jóvenes, más allá del entrenamiento deportivo, reciban los valores deportivos que se les quieren hacer llegar.
Sobre el segundo punto, el que relata la labor del entrenador de formación, lo más propicio sería tal vez desplazar fuera de la práctica deportiva a estos entrenadores. El "todo vale para conseguir la victoria" no debería aceptarse, bajo ningún concepto, en el desarrollo deportivo de los más jóvenes. Todos los entrenadores, todos, quieren ganar. Es más, es necesario ganar porque es la máxima recompensa al trabajo del equipo. Pero no a cualquier precio, no pasando por encima de todo aquello que hace que el deporte sea bello, enriquecedor y educativo. Hay que marcar unos límites, que por desgracia esta sociedad es incapaz de imponer por su estado decadente, para este aspecto. Deben imponerla los entrenadores, los que realmente compartan estos principios éticos del deporte. Como en cualquier ética, deben comenzar desde unos valores básicos y de ahí llevarse al caso concreto. Todo lo que quede fuera de estos valores, debe ser despreciable y no puesto en práctica, porque tan solo dañará el deporte.
Tras esta crítica, creo que muy a la orden del día, sólo me queda recomendaros una pequeña cosa: si algún día tenéis la opción de elegir entre un partido del más alto nivel y uno de categoría benjamín, sea cual sea el deporte, elegid el segundo. Ver a niños que aún no están contaminados por toda la basura anteriormente mencionada es una verdadera belleza, un placer sin parangón. Las sonrisas, el placer de disfrutar por lo que se hace y la euforia más natural se sobreponen, siempre, al más puro e insultante negocio. Y esto, debería estar exento del peligro que acaece por la delgadez de la línea dada entre el deporte y el negocio. Debería ser eterno.